PSICOANALISIS ONTOLOGICO

Gracias al Psicoanálisis Ontológico se puede realizar la evolución ontológica del hombre y con ello adquirir la adecuada estructuración y posición existencial. En ésta surge la evidencia de la esencialidad místico-espiritual de nuestra naturaleza -con toda su riqueza- para alcanzar las cosas e ideas del alma. Es la conformación del Sujeto, del existir y la evolución Humana.

jueves, 12 de marzo de 2009

AMOR Y VIOLENCIA


Dr. Jaime Motta
Lima, 28 de Julio del 2005
Actualizado Marzo 2009



Introducción

Sabemos que el Amor pertenece al espíritu como la violencia a la instintividad, así también: el amor es divino como la violencia es humana; mas en esencia amor y violencia se atraen porque el amor, en algunos casos, cura a la violencia debido a que ésta es su sustituto ante su ausencia, y en otros casos el individuo busca morir en manos del amor.

Génesis del Amor

El amor proviene de la espiritualidad, específicamente es su energía. Cuando el espíritu ya está en lo humano esta energía se da a conocer como sentimientos que al ser analizados emergen sus pensamientos, naciendo el Amor. El amor instalado es una estructura sólida que viene a ser el eje estructurante del hombre donde se forma el alma, de allí pues que se conciba la vida humana como el desarrollo de la consciencia espiritual a fin de que pueda evolucionar no solo el sentimiento en amor, sino que al desplegarse el mismo espíritu en alma se convierte en Ser y el hombre en Ser Humano o Sujeto.

Génesis de la Violencia

Cuando no está el espíritu generando sentimientos en el hombre, la instintividad toma el control humano y con ello se forma la afectividad que en el mejor de los casos se parece al amor que aunque sí se parecen no alcanza a ser como él porque quien quiere estima y cuida como lo hace el amor, pero a pesar de ello, repetimos, hay muchas diferencias entre ambos.

Una de estas diferencias es cuando -dentro de las vicisitudes instintivas- el afecto experimenta una seria frustración objetal, se retrae no solo de la vida de relación sino del yo y es también capaz de mudar su naturaleza, creándose dos estados: uno, la esquizofrenización psíquica y el otro la transformación del afecto en su contrario, esto es, la maldad. Ambos estados generalmente se instalan a lo largo de la vida del hombre y tienen la importancia de diagnosticar la ausencia espiritual. Por su parte ésta también genera un estado llamado por Luíz Miller de Paiva
[1] inseguridad ontológica existencial y es desde ella que se construye, como vamos a ver, la Violencia.
S. Freud estuvo convencido que debajo de la maldad subyacía la existencia de la bipolaridad instintiva: instintos de vida e instintos de muerte. Que si andan escindidos la maldad puede unirse a la instintividad de muerte y generar la Tanatidad y con ello la violencia, así de simple. Por otro lado, también encontró que cuando la instintividad de vida domeña a la de muerte ésta queda al servicio de aquella, creando ambos, con el paso de la acción psicoanalítica, la personalidad madura que hace una vida consciente y sana. En ella no se desarrolla la tanatidad cuya violencia es su enunciado.

Entonces si bien existe la violencia en el reino humano, surge la pregunta ¿En qué condición humana se da la escisión instintiva?

Como vamos a ver, la violencia es un estado singular, que no ataca a todos los seres humanos por igual sino solo en aquellos donde la libido no puede domeñar la maldad ni evitar ese destino. Se trata del proceso de la maldad que si descubrimos su estructura veremos que hay un piso aun más profundo que subyace a la escisión instintiva. Es allí donde, por lo que hemos visto en la clínica, la misma libido carece de su base esencial: el Espíritu. Es decir, está escindido primariamente del Espíritu lo que impide la domeñación que él pueda hacer sobre ella (la libido) con el consiguiente nacimiento del Eros y la propagación de la almatidad. Esto es lo que falta rotundamente en el individuo violento.

Este piso oculto de carencia ontológica da el vacío ontológico que primero es estructural y después existencial porque de él se va a crear sucesivamente varios epifenómenos que pasaremos a considerar: la ausencia del amor, el desamparo, la experiencia de muerte, terror a vivir, nacimiento de la instintividad, inadecuación objetal y la propensión a la retracción de la afectividad de la vida y del yo creándose un nivel de posicionamiento afectivo en la frontera del psicosoma como también el vacío ontológico existencial.

Importa ver este posicionamiento afectivo y es allí a donde nos dirigimos. Es en realidad un punto regresivo importante donde hay una flecha que indica el camino restitutivo (progresivo) o de vuelta al yo-vida; y otra flecha que indica el camino de la corporización (regresivo). Es en éste último camino donde se crea un baluarte de amparo y defensa, un estado confuso en cuanto a la génesis de la instintividad, que es la base de la “dualidad” instintiva de Freud, donde aparentemente son “dos grupos de instintos” que emergen de allí: instintos de muerte e instintos de vida.

Destinos del Afecto Corporizado

Habíamos dicho que la retracción de la afectividad en este punto del psicosoma en el mejor de los casos no permanece en ese estado sino se re-dirige restitutiva y progresivamente al Yo y parcialmente al mundo creando los cuadros clínicos psiquiátricos que van desde la esquizofrenia, la psicosis, las neurosis y las psicopatías dependiendo de la economía libidinal en juego, pero como sucede en otros casos, cuando se dirige directamente a la interioridad de su fuente primaria, el cuerpo, es otra cosa, pues las entidades clínicas que se generan son diferentes y corresponden al área de la medicina psicosomática y que la misma psiquiatría aun desconoce.

Son entidades psicosomáticas cada vez más notorias y frecuentes en el ámbito social. ¿Qué sucede energéticamente en ellas?
Allí permanece escondido el afecto corporizado para derivarse como lenguaje de órgano (alterando la fisiología de órgano o de la misma célula) o para descomponerse en su energía antecesora: la energía somática. Cada uno de estos estados, y a veces los dos, permanecen obrando subclínicamente por largo tiempo, meses y años, sin que nadie se de cuenta de la gravedad de ello
[2], porque subyacen a la aspectización narcisista del yo quien se carga restitutivamente con el resto de energía y semántica libidinal de la instintividad –sobre todo del interés del yo- y por ende el yo habla desde las identificaciones directas con el objeto sin que haya relación objetal per sé y que sólo un minucioso examen psicoanalítico psicosomático revela que el Otro no existe, es solo una pantalla de proyección y que ese yo está en realidad autista.

Pero es el destino del afecto corporizado el que importa en este estudio y no el narcísico, porque no permanece pasivo sino en actividad preparando las bases de lo que va a ser la violencia que emergerá canalizada y manifestada narcisísticamente primero, y después como violencia propiamente dicha a medida que el cuadro empeora.

Surgen en este punto varias interrogantes importantes: ¿Cómo es este afecto malignizado corporizado?, ¿Sólo se da por la regresión del afecto malignizado o por la intervención de otro estado y si es así, ambos en qué tiempo humano se da?, ¿Allí se crea un estado crónico? y por último ¿Es involutivo y cual es el destino del cuerpo?

Formación de la Violencia

El primer destino del afecto malignizado es la intracorporización que como constelación va a crear varios estados uno más grave que otro, siendo el más leve el estado de Cuerpo Violento. Este tipo de cuerpo es una base donde la regresión del afecto malignifica a la energía corporal, la corrompe en su naturaleza, celularmente y en tal condición ha de emerger en forma de impulsividad vehemente e impetuosa; que en su paso por el preconsciente se enviste con las formaciones de la maldad objetal y surge a la conciencia como Odio para, en un determinado momento, actuar sobre la humanidad como Violencia. Tal impulsividad no puede usar el aparato de pensar (porque no está, se ha desestructurado), solo queda el sensorio, el interés e intelecto por lo cual emerge sin la categoría del proceso psíquico secundario donde hay la razón y el pensamiento. Esta impulsividad del cuerpo violento se diferencia de la energía somática excitada que sí genera libido y ésta pensamientos que ontoanalizados y comprendidos pueden rescatar su fuente espiritual y crearse el Eros. En cambio el cuerpo violento es una bomba de tiempo irracional que en un determinado momento va a explotar literalmente.

Estructura de la Violencia

Entonces para que éste odio se resuelva en violencia se necesita que todo el proceso genético anterior (desde la ausencia ontológica, la perturbación instintiva y la anafectividad) se realice dentro de una condicionalidad individual siendo la primera: temporal, esto es, en el psiquismo temprano, específicamente durante la etapa fetal o en los primeros meses de la vida postnatal. Que esta condición es la fundamental de la que advienen otras que tienen que ver con el Afecto. Como segunda condición se necesita que sea afecto malignizado corporizado que resurge a la conciencia y al mundo como impulsividad vehemente e irracional en el contexto de la esquizofrenización del yo y del psiquismo nesciente; la tercera condición es que venga como energía corporal significada malignamente; y la cuarta condición es la corrupción del cuerpo, que significa alterado viciosamente para los fines de muerte. Recién aquí bajo estas condiciones hablamos de la formación de la Violencia en sí y es por eso que S. Freud la confundió como instintividad tanática o de muerte porque en conjunto se parecen al instinto propiamente dicho, naciente del mismo cuerpo pero esta vez re-significada secundariamente desde el objeto, desde el mundo y no naturalmente desde su fuente que de ser así si serían instintos tanáticos propiamente dichos.
Para que ocurra tal corporización celular ¿se necesita que el objeto elisivo o maligno se identifique en el cuerpo?

Tanatidad y Violencia

Dentro de la tanatología o universo tanático de la humanidad que se despliega desde esta condición de libido regresiva en medio de una ausencia ontológica de base podemos ver que el proceso de la violencia puede ser intenso en algunas personas, grupos y sociedades humanas pero no se da globalmente a nivel de toda la humanidad porque en la actualidad ya acontece cada vez con mayor preponderancia el desarrollo de la medicina de la salud donde se busca la instintividad y la afectividad ligado al objeto adecuado. Condición que impide la retracción y corporización del afecto que hemos visto; sin embargo a pesar de ello, este estado de ligadura instinto/afecto/objeto sí puede desenvolver la malignidad como hemos visto por la identificación con el objeto malo, a tal punto que hay el despliegue de los nueve tipos de maldad
[3] y todo ello en base solo a la transformación del afecto en libido malignizada conservando el nivel psíquico. Aunque estas modalidades también pueden ocasionar muerte no tiene la fuerza ni la estructura esquizofrenizada de la violencia. La violencia señala lo que sucede cuando existe el desamor estructural en la personalidad humana.
Entonces, sino hay tal dualidad instintiva, sino estados de carencia y regresión ¿Qué reciprocidad hay entre éstas en la violencia?

La Violencia

Violencia es un estado humano que posee características externas e internas que si las tomamos en su dimensión semántica nos llevarán a su génesis profunda donde interactúan la carencia ontológica y la regresión malignizada del afecto.

Así de acuerdo a la definición gramatical del Diccionario de la real academia española (Drae), existen las siguientes características externas y conductuales de la violencia. Es el Humano “que está fuera de su natural estado, situación o modo.
Que obra con ímpetu y fuerza. Que se hace bruscamente, con ímpetu e intensidad extraordinarias. Que se hace contra el gusto de uno mismo, por ciertos respetos y consideraciones” y finalmente agrega: “Se dice del genio arrebatado e impetuoso y que se deja llevar fácilmente de la ira.”

Psicoanalíticamente todo este acierto gramatical desde el Drae significa: impulsividad descontrolada vehementemente que poseyendo una fuerza extraordinaria daña al objeto, a los demás o a sí mismo. El Yo a pesar de ser conciente no puede hacer nada para evitarlo, solo identificarse con ella y ejecutarla.

Psicosomáticamente la violencia tiene la característica de ser afecto tanático deshilachado o desestructurado en energía somática excitada la misma que se re-significa malignamente, que crea la impulsividad destructiva y en su paso por la conciencia inviste las representaciones de odio del objeto y actuando como éste se desencadena la violencia. Razón por la cual no existe en el Yo ni en el acto violento estimación ni compasión hacia el objeto dañado como tampoco al propio cuerpo.

En el Ontopsicoanálisis podemos ver en los términos “fuerza extraordinaria” la presencia de la energía ontológica unida a esta energía corporal excitada re-significada, unión que se da dentro del impulso instintivo obrando no como sentimiento y menos como amor pero sí como Pasión, en este caso del tipo destructiva. La violencia contiene pues en su seno a la pasión que significa energía ontológica fusionada a la energía somática excitada malignizada creando el estado pasional impetuoso y vehemente donde el cuerpo está en estado animal (de “a-nimal” ser sin alma), fuera de sí, arrebatado por la ira, muy distinto al estado normal instintivo-pulsional fusionado al óntico donde nace el idealismo y la capacidad de sublimar; y éste estado a su vez muy distinto al estado almático donde la onticidad domeñando a la pulsionalidad crea el alma donde hay entre otras cosas la idealidad y la creatividad.

Entonces ante este estado de cosas adviene la pregunta: ¿Qué situación aconteció dentro de esta humanidad como para evidenciar al espíritu pasionalmente?

La Experiencia de Elisión explicando la Violencia

Cuando se gesta un hijo sin el espíritu de pareja, o lo que es lo mismo desde la ausencia consciente del anhelo ontológico de los padres, es decir, desde el desamor parental, la energía ontológica adquirida por la filogénesis es heredada por el hijo como protoalma que yace dentro de la corporeidad y por lo tanto dentro de la instintividad. Esta protoalma de especie tratará de evidenciarse tal cual es en la consciencia y en el cuerpo como sensación o sentimiento pero también -por ser altamente propenso a la instintividad debido a la reciprocidad con la biología- aparecerá como Pasión y no como sentimientos, amor, ternura, felicidad y dicha. ¿Esto es anómalo? y por otro lado ¿Obedece al nivel óntico alcanzado por la humanidad revelando su actual estado evolutivo?

Sí es anómalo porque no es la onticidad-pensamiento como eje estructurante del niño ni de la civilización, sino por el contrario es el re-nacimiento de la pasión de las hordas primitivas que actualmente vemos, con ligeras variaciones en distintos ámbitos humanos y en distintos países, casi simultáneamente. De allí que investiguemos.

Antes de ingresar al estudio de la violencia en la horda primitiva diremos que ahora estamos en el centro de este estudio y hemos de considerar primero la siguiente premisa: este estado pasional ¿fue una pérdida? o por el contrario ¿Es un estado natural en los comienzos de la humanidad? Más creemos en lo segundo, que es nuestro estado natural desde tiempos inmemorables hasta la actualidad y que recién en forma progresiva se va adquiriendo el estado almático por primera vez pero no todavía como estado consistente, solo son atisbos almáticos.

En la actualidad podemos ver que muchas veces sí hay tal pérdida de este esbozo almático en las hordas, pero en otros casos no hay tal esbozo almático debido a que atávicamente estos humanos no poseen aun el ontogene familiar desde sus ancestros ni de la filogenia naciendo directamente sin espíritu y que son los que hacen la violencia social para atacar a quienes sí tiene este esbozo almático como envidia nesciente y como una resistencia ontoevolutiva.

Paralelamente a esta violencia hay el campo donde sí hay onticidad humana en una gradiente, desde el nacido con protoalma de especie, el nacido con protoalma de especie más el alma atávica y por último la tercera condición donde existiendo las dos almas anteriores se le suma el alma parental actual. En esta línea sí se va a desplegar la almatidad y que dará lugar a la ontoevolución de la humanidad. Para los fines comprensivos de la violencia veamos tal pérdida ontológica en un niño bien constituido ontológicamente. En él al suprimirse la autonomía y supremacía ontológica queda escindida la onticidad de la instintividad. El episodio traumático donde se crea tal condición escindida se le llama Experiencia de Elisión.

Esta experiencia generalmente se instala primero en medio de la pareja parental cuando hay un intento de embarazo o durante el mismo embarazo revelándolo como no deseado, allí el futuro padre
[4] evita la presencia del amor materno actuante tanto en sí misma como sobre el hijo produciendo en la díada madre/hijo tal supresión óntica. Es el ataque al vínculo.

Pero si no sucediese tal elisión ¿Qué sucedería con el amor materno? Si existiese incólume tal amor materno atraería para sí a la energía óntica del protoespíritu del hijo y se desplegaría como espíritu dentro de su corporeidad, adicionando la instintividad y sobre todo aparecería en su consciencia, emanado su energía por sí misma donde el niño nace eucrático y en calipedia, es decir, la onticidad a obrado corporal y mentalmente produciendo la “buena mezcla” y la belleza humana, respectivamente. Eventos que si se darían desde su vida Fetal se produciría la evolución de la protoalma de la especie, la atávica y la parental actual, es decir, este espíritu alcanzando la consciencia es visto y sentido por el mismo feto como la primera imagen de sí mismo, es el “Eidón” o “Yo Vi” primordial refiriéndose a la imagen óntica de si mismo, que de allí -como Idea axial- regirá el destino de la instintividad a fin de encontrar el espíritu homólogo en la madre amante.

De allí que cuando existe la elisión del amor materno, la instintividad fetal escindida de su espíritu viaja sola –sin compañía del eidón primordial- y es el estado de desamor. Este estado le es extraño al mismo bebé naciendo la idea de rechazo a sí mismo, al propio cuerpo y -por estar sin rumbo ontológico dentro de la experiencia de satisfacción- al encuentro objetal. Todo ello le resulta feo, desagradable por ser solo físico o material. Experimenta la transformación del impulso instintivo libidinal en odio.

Este odio inicial -que también proviene de la madre en desamor- abre su otra cara, es decir, que además de ser la maldad es el desamor al mundo. Esta imagen del odio con sus dos aspectos será su modelo psíquico de identidad y el que experimentará el dolor de la desolación que en último intento de supervivencia tratará nuevamente de atraer para sí la energía óntica, tanto del protoespíritu propio como de la misma madre, pero como estas representaciones de odio no coinciden con las del amor, no se produce la fusión (para generar las sensaciones y pensamientos ónticos) renaciendo nuevamente la escisión onto-instintiva. El hombre violento periódicamente querrá revincularse pero siempre acaba en el desencuentro y por ello el odio se acrecienta. Aquí en este estado reiterativo no le queda a la energía óntica atraída sino pasar por dentro de la instintividad, naciendo el estado de pasión que motiva a la violencia.

Destinos de la Violencia

Si la madre se desprende de la elisión, puede reinstalar el vínculo y el amor, y es allí cuando el amor obra sobre la tanatidad y tenemos los siguientes destinos:

Primer Destino. Si tal estado óntico dura lo suficiente como para instalar la supremacía ontológica -lo que significa la domeñación de la instintividad- la violencia no se instalará nunca en el niño pero sí la malignidad por la identificación directa con el agresor. Que ésta se puede parecer en mucho a la violencia, es cierto, pero el amor social, terapéutico u ontológico rescata la onticidad filial y allí es cuando podemos ver que la malignidad como “violencia” llama al amor en su salvación y es curada por el.

Segundo Destino. Si la recuperación ontológica materna es pobre -por la sumisión a la elisión o porque ésta es sumamente intensa- nunca se instalará el amor en el niño pero sí el odio y la violencia. Este estado es el propio de la violencia social, política, religiosa, corporal, etc. que vemos en nuestro mundo actual. Generalmente estos individuos buscan morir porque el vivir le resulta anómalo y pernicioso y lo hacen buscando al amor como su verdugo. ¿Ejercerá el amor este rol?
El amor no es un verdugo, es una realidad, un hito evolutivo que da comienzo a una nueva realidad: la Almatidad. En otros casos es imponerse como tal o como justicia, por ejemplo. Pero sin embargo, es fuente de más odio en los humanos violentos porque no cumple el rol asignado y permanecen en la agonía del vivir y ansían morir, para ello recurren al tercer destino de la violencia.

Tercer Destino. En este destino generalmente la violencia corporal se resuelve como enfermedad mortal, llámese enfermedad tumoral, sida, etc. o a través de los accidentes y las crisis en los ámbitos económicos, políticos, religiosos, etc. Es el suicidio humano camuflado por estas formas, pero también no dejan de producir el homicidio debido a que dejan en los demás una identificación con la muerte, y por otro lado, crean la existencia de nuevas realidades como “Enfermedades”, “Crisis”, “Accidentes”, etc. que si uno no se cuida amenazan la vida del hombre.


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[1] Luíz Millar de Paiva “Técnica de Psicanálise”. Imago Editora Ltda. 1985.
[2] Aunque sí hay signos psicosomáticos desde este estado para ser directamente leídos por el especialista: la noluntad (“no me toques” y coloca las manos extendidas para separarse del otro, otras veces es la indiferencia), la alexitimia, el pensamiento operativo, los ojos secos y ausentes, la apariencia corporal de ausencia, la anafectividad camuflada en emotividad, la afánisis, la materialización y la actitud gananciosa, dominante, etc.
[3] Los nueve tipos de maldad descubiertos por el psicoanálisis están separados en dos grupos: Tanatidad Mayor y Menor. El primer grupo contiene cuatro formas que son: Dominio, Voluntad de Poder, Agresividad y Destructividad. El segundo grupo de cinco formas: Ironía, Burla, Perversidad, Mala Fe y Humor Negro.
[4] O los sustitutos de él, como los abuelos, Jefes, y hasta la Empresa y economía de un país.